Lecciones de la final

by Ignacio Benedetti

Los primeros noventa minutos de la final entre Zamora y Mineros dejaron postales que deberían hacernos reflexionar acerca de la manera como observamos el fútbol y así replantearnos verdades que no son tales. Y es que cuando se juega un partido de tal magnitud sacamos a relucir preconceptos que poco o nada tienen que ver con el juego en sí.

Por ejemplo, las supuestas batallas tácticas entre los entrenadores. Para muchos es más seguro dar mayor importancia al trabajo de los técnicos que a lo que realizan los futbolistas en el terreno de juego. No trato de quitarle mérito a la influencia de Páez o de Sanvicente, pero si uno se da a la tarea de escucharlos, son ellos los primeros que le confieren todo el protagonismo a sus jugadores. No hay estrategia que nos ayude a prever el segundo gol del Zamora, el auto gol de Rafael Acosta o el gol de Mineros. Repasemos el origen de cada una de esas anotaciones y nos daremos cuenta que es el futbolista el actor exclusivo y el único generador de situaciones de caos.

Repasemos otra situación. En el minuto 62, y abajo tres goles por uno, Richard Páez decidió substituir a Rafael Acosta y darle entrada a Ángel Chourio. Ese movimiento, de carácter ofensivo, seguramente tuvo el propósito de ensanchar el campo y aprovechar aún más el buen partido que estaba realizando Ricardo David Páez. Todo quedó en buenas intenciones porque apenas cinco minutos después, el equipo llanero consiguió el cuarto y último tanto del encuentro. La crítica hacia Páez no se hizo esperar y se le acusó de romper el equilibrio con ese cambio, pero si Mineros hubiese encontrado el segundo gol, ese juicio hubiese sido favorable al merideño. Por ende, no hablamos del juego sino del resultado.

El fútbol es mucho más de lo que se ve por TV. Cuando un equipo ataca, no solamente quienes merodean el área rival están ejecutando esa conducta. Todos los integrantes del conjunto asumen funciones ofensivas; cada quien va conquistando una porción de terreno acorde a su posición en el campo. Asumir que, por ejemplo, sólo los dos delanteros y los dos volantes más adelantados son los encargados de generar peligro es igual a vivir en un estado de miopía permanente.

Alejémonos de los paradigmas tradicionales y comprendamos que dividir o fraccionar los sucesos en pequeñas partes no nos traerá un panorama más claro sino todo lo contrario, nos hará creer dueños de una verdad que no existe. Recordemos a Xavier Tamarit cuando escribió que “la fragmentación de las partes de un sistema implica no sólo la separación de estas, sino la anulación de sus propiedades”.

Columna publicada en el diario Líder el jueves 22 de Mayo de 2.014