El Balón de Oro

by Ignacio Benedetti

“Basta escuchar algún comentario futbolístico entre aficionados o en los medios para darse cuenta de lo difícil que es sustraerse a la fascinación del <síndrome del goleador>, síndrome que entronca con la cultura del héroe individualista y con el repetido argumento de las películas: chico-bueno-mata-a-los-malos, salva-el-mundo y se-queda-con-la-chica”.

Gracias al magnífico libro “Fútbol: el jugador es lo importante” de Rosa Coba y Francisco Cervera, me he topado con esta afirmación de José Monzó, defensor del pensamiento sistémico; ese que según www.iasvirtual.net puede definirse como “la actitud del ser humano que se basa en la percepción del mundo real en términos de totalidades para su análisis, comprensión y accionar, a diferencia del método científico, que sólo percibe partes de éste y de manera inconexa”. No se preocupe; sí estoy hablando de fútbol como a continuación pruebo.

El fútbol es una “dinámica” colectiva. Se enfrentan dos conjuntos integrados por once jugadores titulares y algunos suplentes que solucionen las interrogantes que sus compañeros no resolvieron. Cada integrante de esa comunidad – las familias se reconocen por los lazos consanguíneos y en los deportes unen los colores – depende de las asociaciones que hagan posible esa conexión. Entonces, ¿cómo es posible premiar individualmente a un futbolista? Me parece que hacerlo es un acto de negación para con la naturaleza de este juego.

Mi intención, lejos de unirme al disgusto de algunos por los resultados de la elección o de otros por la unión entre FIFA y la revista France Football, es recordar lo que realmente importa: el juego. Por ello debemos tener presente que para que el delantero convierta un gol tienen que producirse una serie de pautas que posibiliten que éste, en condiciones ideales de tiempo y espacio, reciba la pelota. Eso se entrena en la semana (táctica), pero no invalida la influencia del rival y de mil imponderables más que convierten al fútbol en una manifestación compleja.

Vuelvo al libro al que hacía mención. Sus autores reflexionan y dejan esta enorme enseñanza: “las propiedades de un sistema (complejo) emergen de la interacción dinámica de sus partes, no de sus acciones tomadas independientemente”. El “mejor jugador del mundo” es tal gracias a sus cualidades, el contexto donde las desarrolla y los jugadores que junto con él forman una sociedad. Aun no ha nacido un futbolista que por sí sólo sea más fuerte que el equipo. No hay balón de oro que contradiga esa afirmación.

Columna publicada en el diario Líder el jueves 23 de Enero de 2.014