Estancamiento vs. variantes: el dilema vinotinto

by Ignacio Benedetti

“Ya ves, soy el que siempre debe superarse a sí mismo”. Friedrich Nietzsche

Desde el punto de vista de su entrenador, la selección venezolana de fútbol ha vivido dos momentos de crisis en la eliminatoria sudamericana hacia el Mundial de Brasil 2014. El primero de ellos se produjo tras la dura derrota frente a Perú en Lima, en septiembre de 2012; y el segundo fue consecuencia del repaso futbolístico que le propinó la selección chilena en Santiago hace poco más de un mes. Las actuaciones posteriores a estos encuentros mostraron a una Vinotinto más atrevida y con una clara voluntad de asumir conductas y riesgos que no fueron considerados por su director técnico hasta que apareció la tormenta. Paraguay y Perú –ya en la segunda vuelta– fueron las víctimas de ese cambio radical en la idea de juego que, sumado a los triunfos, se tradujo en el sometimiento futbolístico del rival. Sensaciones aparte, son pocos quienes comprenden la tardanza del seleccionador para proponer esos cambios. Es tarea de quien escribe adentrarse en ese territorio de arenas movedizas.

Es oportuno recordar el significado de la palabra riesgo. La Real Academia Española la define como una serie de conductas que se toman o asumen por la proximidad de un daño. Es decir, ante la posibilidad de salir heridos reaccionamos de maneras poco usuales. Aplicado esto al modelo de juego vinotinto, fácilmente podemos identificar que en los partidos ante paraguayos y peruanos el cuerpo técnico venezolano propuso la asunción de esos comportamientos atípicos.

Gracias a la tecnología y a internet se pueden revisar ambos partidos. En ellos se observa a una selección de toque corto y rápido, propensa a generar sociedades entre todos sus jugadores. Un equipo que colocó su línea defensiva en el centro del campo, con laterales haciendo de extremos y un bloque que en pocas ocasiones se separó. En fin, se ve a un equipo con la voluntad de ser protagonista a partir de las cualidades de sus jugadores, en vez de darle rienda suelta a los caprichos del entrenador.

Volvamos entonces a la duda que justifica este escrito: ¿por qué tener ese modelo de juego como un riesgo y no como una costumbre? Para encontrar una respuesta bien vale recordar el recorrido de César Farías antes de llegar a la selección. Uno podría pensar que se siguió el camino planteado por muchos entendidos que indican que algunas respuestas las podemos encontrar si aceptamos el origen y la naturaleza de los individuos, cómo se relacionan con su ecosistema y qué conexiones nacen de esa convivencia. Pero la historia señala que Farías no se siente cómodo con este proceso y prefiere la perpetuidad de su idea antes que promover una evolución típica de quienes protagonizan un proceso.

Farías alcanzó su mayor éxito cuando dirigió al Deportivo Táchira, el equipo de mayor tradición en Venezuela. En aquella ocasión supo conducir a su plantel hasta los cuartos de final de la Copa Libertadores, edición 2004, para luego caer goleados ante el Sao Paulo de Brasil. Más allá de los buenos resultados, aquel equipo se caracterizó por defender muy cerca de su propia área, valiéndose de rápidas transiciones ofensivas que no condicionaran la idea iniciática de todo equipo del actual seleccionador vinotinto: evitar que les marquen un gol. Aquella versión del Táchira es casi una copia idéntica de lo que normalmente muestra el equipo venezolano.

Permítame una breve consideración: el objetivo de este juego es ganar, y para ello hay que convertir más goles que el rival. César Farías siente –aunque nunca lo admitirá en público– que un equipo que defienda férreamente siempre tendrá una que otra ocasión de gol que le sirva para superar al contrario. Por más que se ha querido identificar con entrenadores como José Mourinho o Marcelo Bielsa, el venezolano parece inclinado a repetir un modelo más acorde a la etapa post Riquelme del Boca Juniors de Carlos Bianchi, un equipo que parecía controlar los encuentros a partir de su orden defensivo y la contundencia de sus atacantes.

Su paso por Táchira no terminó de la mejor manera ya que no pudo lograr que el grupo que conducía mantuviese el rendimiento de antaño. A ello hay que sumarle la intolerancia del entrenador a ideas que contrariaran su gusto, a tal punto que se recuerdan fuertes enfrentamientos con fanáticos y periodistas. Sus pasos posteriores por equipos como Mineros de Guayana y Deportivo Anzoátegui mostraron a un Farías convencido de que su modelo de juego estaba siempre por encima de las características de sus dirigidos, y por ello, no había razón alguna para pensar en que su paso por la selección nacional iba a mostrar a un director técnico abierto a otras posibilidades.

Aquí surgen las dos mayores dudas futbolísticas de estos tiempos en Venezuela. ¿Por qué entonces promover un cambio radical en momentos tan álgidos? Y, una vez demostrada la conveniencia de asumir esos riesgos, ¿por qué volver al conservadurismo inicial? A Farías y sus ayudantes les gustaría aplicar aquella recomendación de Wittgenstein: “Aquello de lo que no se puede hablar hay que callarlo” para que no se recuerde que han sido ellos y sólo ellos quienes se han contradicho.

El ser humano es un animal de hábitos y costumbres. A pesar de contar con esa poderosa herramienta que es el cerebro, la historia nos enseña que somos poco amigos de los procesos reflexivos, aquellos que nos permiten crecer como especie y evitar recaídas en trampas ya superadas. En la historia podemos encontrar muchos ejemplos de liderazgos que han aprovechado pequeñas victorias para hacerse fuertes en su pensamiento original, y luego caer víctimas de la soberbia y acercarse al precipicio que antes creyeron lejano. En el caso del seleccionador venezolano, su convencimiento acerca de las virtudes de su plan inicial es tal que en una reciente entrevista señaló que los errores de su gestión no son propios, sino de los árbitros.

Pero volviendo al juego, y al cambio de piel de la Vinotinto, no hay razón alguna para que en una larga eliminatoria como la sudamericana no se hayan intentado con mayor regularidad las variantes que tanto gustaron ante Paraguay y Perú, y que, siempre según Farías, evitaron una catástrofe mayor. No hay explicación coherente para el rechazo de técnico a la evolución e innovación que necesita un colectivo más allá que aquello que comentaba anteriormente: tiene su partitura y con ella se siente cómodo. No es Farías alguien que se muestre confiado al abandonar su zona de confort y eso hoy le puede estar costando la clasificación al mundial, la cual, para ser justo, nunca estuvo tan cerca como en esta ocasión.

¿Qué podemos esperar en el último partido eliminatorio ante Paraguay? El futuro es incierto y quien escribe no pretende desafiar esa verdad, pero si algo queda claro es que, con la convocatoria para este encuentro, Farías está enviando un mensaje: en el próximo proceso tendrá como intérpretes a jugadores jóvenes y prescindirá de algunos veteranos con los que no tiene buena relación. No sé si esa maniobra se adecúa a este momento tan especial, cuando aún hay mínimas oportunidades matemáticas de clasificar al Mundial;  pero, pensando en los tiempos por venir, valdría la pena que a esos futbolistas que está señalando como nuevos protagonistas los arrope con un modelo acorde a ellos y las relaciones que entre ellos se formen, y no se persista en la tozudez de querer ser más que los jugadores. Esto porque, a pesar  de seguir pensando en la meta inmediata, no es difícil comprender que Farías y la Federación Venezolana de Fútbol ya trabajan en la renovación del técnico.

Nosotros proponemos y otros disponen. Esto se traduce así: voy a jugar y voy a ser protagonista, a hacer algo en el partido, no a esperar a que sucedan las cosas”. Pep Guardiola

Publicado en el Magazine de Martí Perarnau el 07 de octubre de 2.013 http://www.martiperarnau.com/articulos-de-futbol/estancamiento-vs-variantes-el-dilema-vinotinto/