De idiotas e idioteces

by Ignacio Benedetti

– La palabra idiota viene del griego idiotes para referirse a aquel que no se ocupaba de los asunto públicos, sino sólo de sus intereses privados. La raíz “idio” significa “propio”y es la misma que en idioma o idiosincracia.

El vocablo idiota también es usado en latín, y significa ignorante. Ignorancia se toma a menudo como sinónimo de estupidez, tomándose de ese modo como un insulto, cuando es más bien una crítica.

– Ninguna de esas definiciones nos acerca realmente a lo que hoy en día comprendemos como idiotez. Debido a ello he escrito un par de líneas con la intención de caracterizar distintos tipos de idiotas, hijos de la idiotez o creadores de idioteces, en fin, todos idiotas pero con distintos grados de influencia.

– No se engañe, el idiota no es un incapaz, o por lo menos yo no pretendo subestimar a la gran mayoría de idiotas. El idiota escribe libros y conduce espacios en medios de comunicación, y en la mayoría de los casos con mucho éxito comercial. Para ser idiota hay que saber seducir al colectivo, que está necesitado de un idiota que los conduzca.

– El idiota se regocija cuando uno de los herederos de su condición de idiota, llamados hijos de la idiotez, es capaz de afirmar, con vehemencia, idioteces como que “para hacer algo hay que hacerlo bien”. Sólo un idiota en fase de entrenamiento o un saboteador de oficio hace pública su intención de hacer las cosas bien. El saboteador porque lo condena su pasado y el idiota porque necesita avisarle a quienes no son idiotas que su idiotez no sólo es voluntaria sino que no tiene remedio y pide comprensión.

– Hay idiotas que viven de frases hechas sin reflexión y que son usadas para idiotizar a la audiencia de turno. Llamemos a esa corriente de “pensamiento” la Filosofía Hallmark: cuatro frases de autoayuda expresadas bajo el escudo protector de haber sido un consejo de alguien famoso. El idiota no debe profudizar y por ello hace trivial cualquier concepto. 140 caractéres son suficientes para el idiota; en ellos condensa su vida y hace válida cualquier idiotez proveniente de la cultura Twitter como cuentas de filosofía que se dedican a evangelizar con frases de autoayuda, que al fin y al cabo es la filosofía del idiota.

– El idiota, además de querer aparentar profundidad – debe mostrarse en fotografías observando el horizonte –  necesita presumir de amistades mediáticas; su existencia no tiene sentido sin la aprobación de un público que admira famosos sin importar el origen de esa fama ni las idioteces que caracterizan a esas celebridades.

– El idiota cree que su nacimiento es un hecho trascendental y otorga mucha importancia al país en donde vino al mundo, olvidando que su nacionalidad de origen no fue una decisión meditada sino obra de la casualidad. Con la intención de sumar idiotas a su causa, el idiota olvida que el honor llega por méritos y no por idioteces como la geografía. Es un honor ganar un premio, ser considerado o, si el idiota me lo permite, ser un buen ciudadano. Y ser eso, un buen ciudadano, no se explica por la nacionalidad sino por comportamientos que nos convierten en seres honorables. Ser portugués, venezolano o mexicano trae consigo las mismas responsabilidades como ser humano. El idiota, consciente de que su paso por esta vída es poco influyente, necesita que el público adicto a la idiotez sienta que nacer es un honor y no una consecuencia.

-El idiota, reitero, no es incapaz. Conoce cómo funcionan las emociones colectivas y por ello reitera que es un honor ser, por ejemplo, zimbawense; necesita que la sociedad lo reconozca como un idiota con pasaporte, y por ello fomenta el chauvinismo como religión a la que sólo pertenecen idiotas con el mismo sello.

– Pero al idiota también le gusta el fútbol y la moda. Le gusta el fútbol porque es un juego global en el que el chauvinismo también tiene cabida y por ello hay mucho idiota que encuentra en el fútbol el territorio perfecto para mostrar su idiotez disfrazada de violencia, xenofóbia, intolerancia, homofobia y cualquier otro gesto que caracterice a estos idiotas.

– Además, el idiota, cuando va al fútbol, se siente parte de eso, de un colectivo, y no hay nada que le genere mayor gusto al ser humano que pertenecer. El idiota encuentra ese sentido de pertenencia y está dispuesto a defender su idiotez ante la idiotez del contrario. El idiota no entiende de rivalidades sino de enemigos.

– El idiota también quiere estar a la moda. Un idiota entiende que si está al corriente de lo que la televisión dicta como válido se mantendrá como un idiota fresco y actual, lo que le garantiza que su legión de idiotas seguirá pendiente de cualquier movimiento que realice en búsqueda de esa vigencia necesaria para que los idiotas que están por venir no lo desbanquen de su sitial de honor.

– Para no ser olvidado, el idiota debe hacer todo lo posible para seguir montado en la ola mediática. Y con esto pretendo llegar al fin – que no el final – de mis consideraciones acerca del idiota, los hijos de la idiotez y las idioteces.

– Se dará cuenta el lector que no he hablado de idioteces sino del idiota y de los hijos de la idiotez, lo que no es casual. Debo confesarle que también he meditado acerca de los idiotas y las idioteces porque tengo la plena seguridad de que las idioteces no son patrimonio exclusivo de los idiotas sino que cualquiera, sin necesidad de ser un idiota, puede cometer una idiotez. Pero la definición de esta conducta no puede ni debe nacer de mis propias palabras, ya que la fuerza de una imagen como la que a continuación usted verá me obliga a guardar silencio para dejarlo a usted sólo con sus pensamientos y no ser interrumpido por la posibilidad de que yo pronuncie una idiotez aún mayor que la fotografía en cuestión.

Farías

Imagen encontrada en Twitter, crédito a quien le corresponda